Escribe: Gabriela Dueñas. Dra. en Psicología, Lic. en Educación, Psicopedagoga
Premio Konex Psicología 2026
Lo que los adultos no vemos cuando miramos el celular.
Si hay una pregunta que resuena hoy en todas las escuelas y en todas las casas es: “¿Cuánto tiempo pasa mi hijo frente a la pantalla?”. Y detrás de esa pregunta legítima suele esconderse una trampa: la de creer que el problema es la “cantidad de horas”.
Pero la experiencia clínica y educativa nos muestra algo muy distinto: el uso intensivo de pantallas en niños y adolescentes no es, en la mayoría de los casos, una enfermedad ni una adicción neurológica. Es, ante todo, “un síntoma de algo que no funciona en el vínculo”, en la casa, en la escuela o en el barrio.
¿ADICCIÓN O REFUGIO?
Cuando un adolescente se encierra horas en su celular, no está “enfermo de tecnología”. Está, muchas veces, “tapando una angustia” que no sabe cómo nombrar: soledad, ansiedad social, fracaso escolar, conflictos familiares, o simplemente un vacío que nadie lo ayudó a llenar.
La pantalla se convierte en un “analgésico digital”: no juzga, no exige, no frustra. Pero tampoco enseña a tolerar la frustración, ni a construir proyectos, ni a sostener una mirada frente a frente.
Por eso, antes de preguntarnos “cuánto” usa el celular, deberíamos preguntarnos: ¿de qué lo protege ese uso? y ¿qué le estamos ofreciendo como sociedad para que quiera salir de ahí?

LA TRAMPA DEL ALGORITMO Y EL ADULTO AUSENTE
Los diseñadores de plataformas digitales no buscan que nuestros hijos aprendan o crezcan. Buscan que “no se vayan”. El desplazamiento infinito, las notificaciones, la personalización de contenidos: todo está pensado para atrapar la atención el mayor tiempo posible.
Pero el problema no empieza en el algoritmo. Empieza cuando el adulto que debería hacer de “andamiaje” -el docente, el padre, el tutor- no está disponible. No me refiero solo a la ausencia física, sino a la ausencia de presencia: de sostén, de límite amoroso, de oferta de sentido.
En muchas familias, agotadas por jornadas laborales extensas y dificultades económicas, la pantalla termina ocupando el lugar de ese adulto. Y el problema es que la pantalla “no puede educar”: puede entretener, pero no puede ofrecer el andamiaje que Vigotsky describía como esencial para el desarrollo cognitivo y emocional.
LA PANTALLA COMO ÚNICO ESPACIO
En nuestros contextos, la brecha digital no es solo de acceso. Es también de oportunidades. Para muchos chicos de sectores populares, el celular no es un lujo: es el “único lugar disponible” para el ocio, la socialización y hasta el acceso a la información.
No es casualidad que el uso problemático de pantallas sea más alto en contextos de vulnerabilidad. La pantalla es allí un refugio frente a la falta de espacios públicos seguros, de actividades deportivas o culturales, de bibliotecas comunitarias y de adultos disponibles.
Entonces, culpar a la familia “permisiva” o al adolescente “adicto” es una operación que “desresponsabiliza al sistema”. La pregunta no es solo “cómo hacemos para que use menos el celular”, sino “qué le estamos ofreciendo como sociedad para que quiera salir de él”.
LO QUE LA ESCUELA PUEDE HACER (Y LO QUE NO)
La escuela no puede sola contra los algoritmos. Pero puede dejar de ser cómplice de la patologización individual del malestar y convertirse en un “territorio de restitución de lazos”.

ALGUNAS LÍNEAS DE ACCIÓN CONCRETAS:
– Alfabetización digital crítica: no solo enseñar a usar la tecnología, sino a entender cómo nos usa a nosotros. Analizar algoritmos, economía de la atención, impacto en la autoestima.
– Recreos activos y presenciales: ofrecer juegos de mesa, deporte, talleres artísticos, espacios de conversación. La escuela debe recuperar su función de espacio de encuentro lúdico.
– Acuerdos familia-escuela: no culpar a las familias, sino involucrarlas en la construcción de hábitos digitales compartidos.
– Formación docente específica: los maestros necesitan herramientas para comprender el fenómeno, no solo para controlarlo.
– Proyectos institucionales de desenganche: talleres, salidas educativas, huertas, teatro, música. La mejor alternativa a una pantalla atrapante es una experiencia vital significativa.
SEÑALES DE ALARMA: CUÁNDO MIRAR CON ATENCIÓN
No todo uso intensivo es patológico. Pero hay señales que los adultos no deberíamos ignorar:
– El adolescente duerme de día y se conecta de noche.
– Pierde interés en el encuentro presencial con sus pares.
– Abandona la higiene, la alimentación o actividades que antes le gustaban.
– Su rendimiento escolar cae sin explicación clara.
– Presenta dolores de cabeza, fatiga visual o trastornos del sueño.
– Muestra ideación autolesiva o suicida vinculada a experiencias en línea (ciberacoso, grooming, sextorsión).
Ante estas señales, la derivación a un equipo de salud mental es necesaria. Pero “derivar no es expulsar”: la escuela y la familia siguen siendo parte del entramado de sostén.
A MODO DE CIERRE
El problema no es que los chicos quieran estar dentro de la pantalla. El problema es que, a menudo, “no encuentran motivos suficientes para estar afuera”.
No necesitamos más manuales de tratamiento ni leyes que prohíban celulares en las aulas. Necesitamos “políticas públicas que garanticen tiempo, espacios y adultos disponibles” para que los niños y adolescentes puedan salir de la pantalla sin caer en el vacío.
La escuela tiene la oportunidad -y la responsabilidad- de ser uno de esos motivos.
Bibliografia:
– Dueñas G. (2025) “Entre familias, pantallas y malestares ” Ed. Homo Sapiens

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