IRONÍA, VISIBILIDAD Y MALESTAR JUVENIL


ESCRIBE Lic. Camila De Benedetti. / Lic. en Ciencias de la Comunicación (UBA)

En mi tesina de grado me interesó pensar cómo se construía una determinada figura de sujeto saludable: un sujeto preventivo, proactivo, atento a su cuerpo, responsable de sus hábitos, obligado casi moralmente a cuidarse, optimizarse y rendir mejor. Allí el problema no era solamente la salud, sino el modo en que ciertos discursos producían una forma de vida deseable. La salud aparecía como promesa, pero también como deber. La prevención como cuidado, pero también como vigilancia. La autoayuda como alivio, pero también como pedagogía moral de la adaptación.

Hoy me interesa retomar esa pregunta, pero desplazándola hacia otro territorio: el de los memes, las pantallas y las formas actuales de comunicación digital. Porque quizás allí también se juega una escena parecida. Ya no se trata solamente de cuerpos saludables o cerebros entrenados, sino de subjetividades conectadas, expuestas, capturadas por signos mínimos que circulan a una velocidad difícil de pensar. Una palabra, una imagen, una frase absurda, un gesto repetido hasta el cansancio, pueden convertirse en contraseña de pertenencia, en arma política, en insulto, en diagnóstico, en modo de decir lo que no encuentra otra vía para ser dicho.

Los memes suelen ser pensados como objetos menores, casi descartables: chistes rápidos, imágenes tontas, residuos de internet. Pero tal vez esa sea justamente parte de su eficacia. Al presentarse como algo liviano, banal o ingenuo, logran circular sin demasiada resistencia. Nadie parece hacerse completamente responsable de ellos. No son del todo de alguien, no tienen un autor claro, no siempre tienen un sentido estable. Sin embargo, producen efectos. Organizan afectos. Delimitan comunidades. Separan un adentro y un afuera. Quien entiende el meme pertenece; quien no lo entiende queda del otro lado de una frontera invisible.

En ese punto, el meme funciona como una tecnología de subjetivación. No porque determine mecánicamente a los sujetos, sino porque ofrece modos disponibles de identificación. Permite decir “soy de los que entienden esto”, “soy de los que se ríen de esto”, “soy de los que odian esto”, “soy de los que no se toman nada en serio”. Y esa operación, que parece mínima, puede adquirir una potencia enorme en la adolescencia, etapa donde la pertenencia, la mirada del otro, el reconocimiento y la vergüenza tienen un peso decisivo.

La cultura digital contemporánea parece haber encontrado una forma particularmente eficaz de producir sentido a partir de la repetición. No hace falta que algo tenga un significado profundo para que produzca comunidad. A veces alcanza con que se repita. Una palabra vacía, un sonido, una imagen deformada, una consigna absurda, pueden empezar a funcionar como marcas de reconocimiento. El sinsentido, lejos de ser ausencia de sentido, puede convertirse en una forma muy poderosa de código. Cuanto menos entiende el afuera, más se fortalece el adentro.

Esto resulta especialmente importante para pensar los malestares juveniles actuales. Porque muchas veces aquello que en la escuela, en la familia o en el consultorio aparece como apatía, agresividad, aislamiento, ironía permanente o imposibilidad de hablar, tal vez esté también atravesado por estas nuevas gramáticas de la comunicación digital. No se trata de explicar todo por las pantallas, ni de demonizar las redes sociales como si fueran el nuevo enemigo moral de la infancia. Esa lectura sería demasiado simple. Se trata, más bien, de preguntarse qué formas de lazo, de reconocimiento y de sufrimiento se están produciendo en estos ambientes técnicos.

La pantalla no es solamente un objeto que se usa. Es un espacio donde se aprende a mirar y a ser mirado. Donde se ensayan identidades. Donde se fabrican enemigos. Donde se busca alivio. Donde se tramita la angustia a través de la ironía, del humor negro, de la burla o de la pertenencia a comunidades que ofrecen una explicación rápida para el malestar. En una época donde muchas instituciones adultas parecen debilitadas, el meme puede funcionar como una pequeña prótesis de sentido: ordena algo, aunque sea de manera precaria; da una forma, aunque sea violenta; ofrece un lugar, aunque ese lugar esté construido sobre el rechazo.

Desde esta perspectiva, los memes no pueden pensarse por fuera de la crisis de la función adulta. Cuando el mundo adulto no logra ofrecer palabras, límites, presencia o mediaciones simbólicas, los adolescentes no quedan en el vacío: buscan otras superficies donde inscribirse. Las redes, los consumos digitales, las comunidades online y los códigos meméticos pueden volverse entonces escenarios privilegiados para tramitar aquello que no encuentra escucha en otros espacios. Pero el problema es que esas formas de tramitación no siempre alojan el malestar; muchas veces lo aceleran, lo espectacularizan o lo transforman en identidad.

Algo similar ocurre con las etiquetas diagnósticas que circulan en redes. Palabras como ansiedad, trauma, depresión, TDAH, narcisismo o toxicidad se vuelven parte del vocabulario cotidiano de adolescentes y jóvenes. Esto puede tener un costado positivo: permite nombrar sufrimientos que antes quedaban silenciados. Pero también abre otra pregunta: ¿qué ocurre cuando el lenguaje clínico se viraliza y empieza a funcionar como forma rápida de clasificación moral? ¿Qué pasa cuando todo malestar encuentra enseguida una etiqueta, pero no necesariamente una escucha? ¿Qué tipo de subjetividad se produce cuando el diagnóstico se convierte también en identidad, contenido, meme o marca de pertenencia?

Tal vez el desafío sea sostener una posición incómoda: no negar la potencia de estas nuevas formas de comunicación, pero tampoco celebrarlas ingenuamente. Los memes pueden ser creativos, críticos, lúdicos, incluso pueden abrir formas colectivas de elaboración. Pero también pueden ser crueles, estigmatizantes, persecutorios, capaces de fijar a un sujeto en una imagen de sí o en una imagen degradada del otro. En este sentido, el problema no está en el meme como objeto aislado, sino en las condiciones sociales, técnicas y afectivas que hacen posible su circulación y su eficacia.
Pensar los malestares juveniles actuales exige entonces leer estas nuevas formas de lenguaje.

No como un decorado superficial de la época, sino como parte de las tecnologías contemporáneas de producción de subjetividad. Allí donde antes mirábamos solamente la familia, la escuela o el discurso médico, hoy también tenemos que mirar las pantallas, los algoritmos, los memes, las comunidades digitales, los modos de nombrar y de ser nombrado. Porque una época también habla en sus chistes. Y a veces, justamente allí donde parece que no se dice nada serio, se está diciendo algo fundamental sobre el sufrimiento, la pertenencia y la soledad.


Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *