LA CRISIS DE SALUD MENTAL COMO SÍNTOMA DE UN ESTADO QUE DELEGA EN EL MERCADO

  INFANCIAS Y ADOLESCENCIAS EN LA ERA DEL DESAMPARO.

Escribe  Gabriela Dueñas, Dra. en Psicología / Lic. en Educación / Psicopedagoga. Premio Konex Psicología 2026

El reciente estudio del Observatorio de Psicología Social de la Universidad de Buenos Aires, publicado por distintos medios en estos días de junio del corriente año, no solo confirma, sino que grafica con crudeza la epidemia silenciosa que atraviesa la salud mental en Argentina. Lejos de ser un fenómeno individual, el informe revela una profunda crisis de época, donde el malestar psicológico se presenta como un síntoma de un malestar social más amplio, atravesado por la incertidumbre económica y la desigualdad.

Los datos son alarmantes: un 6,5% de la población presenta riesgo de desarrollar un trastorno mental, cifra que, si bien ha descendido del pico pandémico, se mantiene en niveles críticos. El 58,69% de los argentinos no duerme bien y más de la mitad (52,40%) se siente inmerso en una crisis personal, atribuida mayoritariamente a preocupaciones económicas como deudas y bajos ingresos (55,91%). Esta “cronificación de la incertidumbre” es el caldo de cultivo para la ansiedad y la depresión, que el estudio vincula directamente con la edad y el nivel socioeconómico: a menor edad y menores ingresos, mayor es el sufrimiento psíquico. En este marco, el 50,05% de quienes no realizan tratamiento psicológico asegura necesitarlo, aunque indica no poder acceder por su costo, mientras que el 43,44% menciona explícitamente dificultades económicas como obstáculo principal.

EL PSICOANÁLISIS Y LA CLÍNICA DE LO SOCIAL

Desde el psicoanálisis, entendemos el síntoma no como un mero desorden biológico, sino como una formación del inconsciente que tiene un sentido, una historia y una relación con el lazo social. Como sostenía Sigmund Freud en “El malestar en la cultura” (1930), el sufrimiento psíquico es constitutivo de lo humano, pero lo que este estudio revela es su transformación en patología cuando las condiciones sociales desbordan la capacidad de tramitación simbólica. La ansiedad y la depresión que señala el informe pueden leerse, entonces, como respuestas subjetivas a la ruptura de los lazos solidarios y a la imposición de un ideal de éxito y autorrealización individual que el neoliberalismo promueve, pero que las condiciones materiales hacen imposible de alcanzar.

La crisis económica no es solo un factor externo; es un significante que estructura el discurso social y, por ende, el padecimiento subjetivo. Desde esta perspectiva puede afirmarse que el aumento del malestar está claramente vinculado a determinantes sociales. Resulta, por tanto, profundamente lamentable que el Estado nacional se retire en este momento crítico, sobrecargando a provincias y municipios. Este retiro estatal, en lugar de una respuesta colectiva, profundiza la “solución individual” al sufrimiento, a la que el psicoanálisis se opone radicalmente al entender que las salidas son siempre en y con el otro. Ya Enrique Pichon-Rivière, pionero de la psicología social en Argentina, nos enseñaba que el sujeto es siempre un “sujeto en situación”, atravesado por un entramado vincular que lo constituye; desatender ese entramado es, en sí mismo, una forma de violencia.

 

EL CORRIMIENTO DEL ESTADO Y EL DESDIBUJAMIENTO DE LOS ADULTOS: EL MERCADO COMO NUEVO REFERENTE SUBJETIVO

Este corrimiento del Estado a nivel macro no es solo un problema de gestión presupuestaria; constituye un ataque a la función simbólica del Otro. En términos lacanianos, el Estado, en su función ideal, opera como un “Gran Otro” que garantiza un mínimo de orden, protección y futuro. Cuando este se retira, no solo desaparece un financiador, sino que se borra el mensaje de que la sociedad cuida de sus miembros, dejando un vacío simbólico que es inmediatamente colonizado por la lógica del Mercado.

A nivel micro, esta ausencia se replica en el desdibujamiento de los adultos en las instituciones claves por las que transitan y habitan las infancias y adolescencias contemporáneas. Padres, madres, docentes, equipos de salud, referentes barriales aparecen desbordados, ausentes o impotentes. La educación, antes un derecho y un espacio de encuentro con la ley y el saber, se transforma en un servicio: el vínculo docente-alumno se empobrece cuando el maestro, agotado por bajos salarios y una gestión burocrática, prioriza llenar planillas antes que escuchar. El adulto ya no transmite deseo de saber; se convierte en un evaluador de competencias. El niño, entonces, no aprende a pensar críticamente; aprende a rendir. Si no rinde, el problema se individualiza (TDAH, TEA, DEA, etc.) y se “resuelve” con una derivación rápida o medicación, en lugar de revisar el contexto social o vincular.

La salud mental misma se convierte en una mercancía: el estudio de la UBA muestra que el 50% de quienes no hacen terapia no acceden por su costo. Como advierten diversos investigadores: la salud mental se ha transformado en un “bien de consumo” al que se accede según la capacidad de pago, reproduciendo las lógicas de desigualdad del sistema. El Mercado decide quién puede estar sano y quién no, imponiendo la lógica de la pastilla que calma “ya”, en lugar de la palabra que elabora. Mientras tanto, la precarización laboral obliga a los adultos a tener múltiples jornadas laborales, lo que no solo es cansancio físico, sino una ausencia subjetiva. El adulto que llega a casa agotado no tiene energía psíquica para ejercer la función de contención, de límite, de transmisión de valores.

En ese vacío que dejan los adultos y el Estado, irrumpe el Mercado como nuevo referente subjetivo. Las redes sociales y la inteligencia artificial se ofrecen como “adultos digitales”. El estudio revela que el 97,19% de los participantes utiliza redes sociales y el 58,98% usa herramientas de inteligencia artificial, y que ambas prácticas se vinculan con mayores niveles de ansiedad y malestar emocional. Muchos jóvenes, según los datos y la experiencia clínica, prefieren consultar a una IA antes que a un profesional humano.

Pero la IA no es un adulto; es un algoritmo que devuelve una respuesta estadística, no un mensaje que interpele la subjetividad. Ante estas circunstancias la IA profundiza el aislamiento, la soledad, y el reforzamiento de los padecimientos, ofreciendo “respuestas deshumanizadas” a problemas que requieren lazo social y presencia humana. El algoritmo no tiene deseo, no tiene contradicciones, no tiene falta. No puede hacer de Otro que sostenga la pregunta por el ser, porque, como nos recuerda Lacan, el Otro es el lugar de la palabra y del deseo, no de la información.
El problema no es la IA sino la ausencia de adultos disponibles.

El Mercado impone además un ideal de éxito, belleza y felicidad inalcanzable para la mayoría. Los adolescentes son bombardeados con imágenes de vidas perfectas que generan una profunda impotencia y odio hacia sí mismos. Cuando la realidad no alcanza el ideal (por pobreza, por contextos familiares complejos), la salida no es la rebeldía política, sino el síntoma: ansiedad, autolesiones, trastornos alimentarios, y en los casos más extremos, el suicidio. El estudio es claro: el riesgo suicida es mayor en los más jóvenes -especialmente en el grupo de 18 a 29 años- y en los de menores recursos. El Mercado los invita a desear todo, pero les niega las herramientas para obtenerlo; los convierte en desechos subjetivos.

El psicoanálisis y la salud mental comunitaria coinciden en que el malestar se alivia en el lazo social. El Mercado, en cambio, fragmenta. Vende la ilusión de la “solución individual”: tu ansiedad es tuya, tu deuda es tuya, tu fracaso es tuyo. Rompe las redes de solidaridad vecinal, los clubes de barrio, las bibliotecas populares, los espacios deportivos gratuitos, cuando el estudio destaca que el 21,28% de los encuestados recurre a la actividad física como estrategia de afrontamiento, y los especialistas remarcan su rol “muy importante contra la depresión y otros trastornos”. Se produce así una subjetividad neoliberal: individuos aislados, flexibles, que deben gestionar su propia angustia como un “emprendimiento personal”, sin derecho a fallar, sin red de contención, y con la obligación de ser felices.

INFANCIAS Y ADOLESCENCIAS: EL FUTURO EN RIESGO

El impacto más devastador de esta crisis se observa en las infancias y adolescencias. El estudio de la UBA es contundente: los jóvenes de entre 18 y 29 años son los que presentan los niveles más altos de ansiedad, depresión y riesgo suicida. Esta situación es confirmada por organismos internacionales como la OPS y UNICEF, que reportan que “uno de cada siete adolescentes en las Américas tiene un problema de salud mental”, y que los principales factores identificados por ellos mismos son la discriminación, el acoso escolar (bullying), el ciberbullying y las presiones familiares.
La investigación de la UBA añade una arista contemporánea: la relación entre el uso de redes sociales e inteligencia artificial con mayores niveles de ansiedad y malestar. Sin embargo, los especialistas aclaran que no se trata de una causalidad directa, sino de una “asociación” que depende del “modo de utilización, las motivaciones y las condiciones subjetivas”. Esta precisión es clave, porque nos impide caer en un determinismo tecnológico que culpabilice a los dispositivos y desatienda el contexto. El verdadero problema, como hemos desarrollado, es la ausencia de adultos que ofrezcan un marco simbólico y afectivo para procesar esa experiencia digital.
En este sentido, cabe preguntarse: ¿qué sucede con el desarrollo psíquico de un niño o adolescente que crece sin la mediación de un adulto que nombre, que ponga límites, que sostenga la palabra? La respuesta es el desamparo. Y el desamparo, como nos enseñó Freud, es la experiencia más primaria y fundante de la angustia.

LA SALUD MENTAL COMUNITARIA COMO ANTÍDOTO

Frente a este panorama, la salud mental comunitaria emerge no como una mera opción, sino como una necesidad y un derecho. El enfoque comunitario, que se alinea con la crítica al individualismo neoliberal, propone un modelo de atención que va más allá del consultorio y se inserta en el territorio, fortaleciendo los vínculos y promoviendo la participación activa de la comunidad. Como sostiene la psicoanalista y referente en salud colectiva Graciela Zaldúa, “la salud mental no se construye en el vacío, sino en el entramado de prácticas sociales, políticas y culturales que sostienen o destruyen la vida”.

En este sentido, vemos cómo tanto la OPS como UNICEF impulsan en Argentina campañas y “kits” para el abordaje comunitario de la salud mental adolescente, buscando “desarmar estigmas” y “promover habilidades para la vida”. Iniciativas como el programa “Municipio Unido por la Niñez y la Adolescencia” (MUNA) de UNICEF o el “Proyecto Tramas” en Tucumán trabajan para construir dispositivos junto a los jóvenes, respetando su identidad cultural y generando “espacios comunitarios para fortalecer las políticas de promoción”. La inauguración de nuevos Centros Comunitarios de Salud Mental, como el de Berisso y otros municipios en la provincia de Buenos Aires, también apunta en esta dirección: espacios abiertos a la comunidad donde la atención psicológica y psiquiátrica se integra con talleres de oficios, actividades culturales y acompañamiento social, entendiendo que el malestar no se resuelve solo con medicación, sino reconstruyendo el lazo social y ofreciendo un proyecto de vida.

Sin embargo, es necesario sostener una mirada crítica sobre estos dispositivos. Cabe preguntarse si la salud mental comunitaria, no corre el riesgo de convertirse en un “dispositivo de gestión de la pobreza” -un parche paliativo que contiene el malestar sin transformar sus causas estructurales- si no va acompañada de políticas económicas redistributivas que ataquen la raíz del sufrimiento: la desigualdad, la precarización y la exclusión. Como advierte Byung-Chul Han, el neoliberalismo no solo explota económicamente, sino que coloniza las subjetividades, y cualquier intervención que no cuestione esa colonización corre el riesgo de ser cooptada por la misma lógica que pretende combatir.

En esta línea, la reconocida investigadora argentina Alicia Stolkiner ha advertido que las políticas de salud mental deben ser evaluadas no solo por su eficacia clínica, sino por su capacidad de interpelar los determinantes sociales del padecimiento. Si los dispositivos comunitarios se limitan a “contener” sin transformar, terminan siendo funcionales al sistema que produce el malestar.

A MODO DE CONCLUSIÓN: LA SALIDA ES COLECTIVA

El estudio de la UBA nos entrega una radiografía dolorosa de una sociedad enferma. La crisis en salud mental es un espejo de la crisis civilizatoria que atravesamos, donde el Mercado ha colonizado todos los ámbitos de la vida, mientras el Estado se retira, dejando a las infancias y adolescencias expuestas a un desamparo inédito.

Por eso, las respuestas no pueden ser solo individuales; deben ser colectivas y políticas, implementando políticas públicas de monitoreo, prevención y acceso universal a tratamientos. Pero también deben ser comunitarias en el sentido más profundo: no como una estrategia de contención ante la emergencia, sino como una apuesta ética y política por la reconstrucción del lazo social. Porque las salidas son colectivas y se encuentran en espacios terapéuticos genuinos y encuentros entre humanos”. La apuesta por la salud mental comunitaria -crítica, transformadora y anclada en el territorio- es, en definitiva, una apuesta por el futuro, especialmente para nuestras infancias y adolescencias.

Porque si el adulto desaparece, el niño queda a merced del algoritmo. Y el algoritmo, como bien sabemos, no tiene alma, ni deseo, ni amor.

BIBLIOGRAFIA:
– Byung-Chul Han, “La sociedad del cansancio”. Herder Editorial
– Curia, D. “Un estudio de la UBA releva cómo la crisis económica se expresa en ansiedad y depresión: Radiografía de una epidemia de salud mental en Argentina”. Página/12, 22 de junio de 2026, sección Sociedad.
– Dueñas, G (2026) “El malestar en la Cultura en el S XXI. Psicopatologías epocales” -en edición- Homo Sapiens
– Freud, S. (1930). “El malestar en la cultura”. Amorrortu Editores
– Lacan, J. (1966). “Escritos”. Siglo XXI Editores
– Pichon-Rivière, E. (1971). “Del Psicoanálisis a la Psicología Social”.Editorial Paidós.
– Stolkiner, A. (2024). “Lo Comunitario en la encrucijada del presente: riesgos y potencia”. Salud Mental y Comunidad
– Zaldúa, G. (2017). Praxis psicosocial comunitaria en salud. EUDEBA.


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