Por Gabriela Dueñas / Doctora en Psicología / Lic. en Educación / Psicopedagoga
Premio Konex Psicología 2026
LA NOTICIA QUE INCOMODA
Hace unos días, la reconocida psiquiatra Lucía Levenberg soltó una frase que hizo ruido: “El autismo no es una enfermedad. Es una condición que merece orgullo.” Y agregó: “No hay un cerebro “normal”. Cada tipo cerebral aporta a la biodiversidad humana.”
Su declaración no es un cambio bonito de palabras. Es un “terremoto” en la forma en que entendemos el autismo, la infancia y la salud mental.
Porque si el autismo no es un trastorno, sino una diferencia legítima…
– ¿Por qué el sistema sigue exigiendo un diagnóstico para dar apoyo?
– ¿Por qué hay familias que pelean por un CUD para que sus hijos tengan derecho a estar en la escuela?
Pero hay una pregunta aún más incómoda, que casi nadie se anima a formular: ¿Qué pasa cuando las adecuaciones para unos chicos con autismo chocan con los derechos de otros?
Esa es la pregunta que este artículo se anima a abrir.
1. LA PARADOJA DEL ORGULLO: ENTRE LA LIBERACIÓN Y EL CERTIFICADO
El movimiento del orgullo autista dice: “No necesito que me curen. Necesito que el mundo deje de lastimarme.”
Poderoso, ¿no? Pero hay una trampa. En Argentina, para acceder a apoyos escolares, terapias o un acompañante, muchas veces hay que tener el Certificado Único de Discapacidad (CUD). Es decir: para ser reconocido como sujeto de derechos, el sistema te exige demostrar que sos “anormal”.
Entonces, el orgullo choca con la burocracia.
Y las familias quedan atrapadas: o patologizan a su hijo para que reciba ayuda, o defienden su diferencia, pero lo dejan sin recursos.
El orgullo no alcanza si el sistema no acompaña.
2. EL AUTISMO COMO ESPEJO DE UN MUNDO QUE NO TOLERA INFANCIAS
Desde el psicoanálisis, el autismo no es un tema neurológico. Se lo entiende más bien como una respuesta a un entorno que angustia, que no sabe cómo recibir al niño, que lo sobre estimula o lo ignora. Como sostiene la psicoanalista Silvia Tendlarz, el autismo es una “solución de compromiso” frente a la angustia que genera el vínculo con el otro.
Por su parte, desde Vigotsky, el reconocido psicólogo ruso, el desarrollo subjetivo no es un despliegue biológico aislado, sino el resultado de la internalización de la cultura a través del adulto. El niño aprende a ser persona porque alguien le presta su mirada, sus palabras, su tiempo. Eso es lo que Vigotsky llamaba “andamiaje”. Pero hoy, ¿qué adulto está disponible?
Muchas veces, el adulto está agotado, apurado, o mirando su propia pantalla. Y el niño, frente a ese vacío, se refugia en movimientos repetitivos, en el silencio, en su propio mundo.
El autismo entonces, no se trataría de una “falla” del niño. Es un síntoma de un mundo que no sabe y o no puede alojarlos.
Y eso nos lleva a una conclusión incómoda: si el problema es el mundo, entonces las adecuaciones no deberían ser privilegios para unos pocos, sino señales de que el mundo tiene que cambiar para poder alojar a todas/os.
3. EL ELEFANTE EN LA SALA: CUANDO LOS DERECHOS CHOCAN
Llegamos al punto más espinoso.
Imaginemos una escena cotidiana: en un aula, Mateo, un niño de 8 años con hipersensibilidad auditiva, se tapa los oídos y llora porque no soporta el ruido. Al lado, Sofía necesita moverse y hablar en voz alta para aprender, y su alegría es un estímulo que desregula a Mateo. Ambos tienen derecho a estar ahí. Ambos necesitan condiciones para aprender.
¿Qué hace la maestra? ¿Silencia a Sofía? ¿Aísla a Mateo? ¿O hay una tercera opción?
Esta escena se repite a diario en escuelas, espacios de trabajo y comunidades. Y no tiene una respuesta fácil.
Situaciones reales que ocurren todos los días:
– Una escuela habilita una “sala de regulación” para chicos neurodivergentes, pero ese espacio era la biblioteca o el patio de recreo. ¿Quién decide qué es prioritario?
– Un adolescente con TEA tiene un acompañante terapéutico que media su relación con los compañeros. Pero a veces esa figura inhibe la espontaneidad del grupo. ¿Cómo se cuida a todos sin anular a nadie?
– En el trabajo, un empleado con autismo pide horarios flexibles y un espacio sin ruido. Sus compañeros tienen que reorganizarse. ¿Cómo se distribuye el “costo” de la inclusión?
Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta sencilla.
Y el discurso de la “inclusión armónica” suele taparlas bajo una alfombra. Pero si no las miramos de frente, terminamos generando competencia entre colectivos: “Mi hijo tiene más derecho que el tuyo”. Y ahí, todos pierden.
4. LA TRAMPA DE LA NEURODIVERSIDAD COMO DISFRAZ
El paradigma de la neurodiversidad pareció, en sus inicios, ser revolucionario porque ayudaba a dejar de ver el autismo como una enfermedad. Sin embargo, en poco tiempo, parece haberse convertido en un nuevo “disfraz” de la exclusión.
Se celebra la diversidad en teoría, pero en la práctica se sigue exigiendo que el niño se adapte al molde. Se le da un acompañante, pero no se cuestiona por qué el aula tiene 35 alumnos. Se le permite usar auriculares, pero no se pregunta por qué el entorno es tan ruidoso. Se habla de “orgullo”, pero se exige un certificado de discapacidad para obtener apoyos.
La neurodiversidad no es un cheque en blanco.
Si solo sirve para que el “diferente” encaje sin que el sistema se transforme, entonces es solo un maquillaje de la exclusión.
5. Y ENTONCES, ¿QUÉ HACEMOS? PROPUESTAS PARA SALIR DEL ATOLLADERO
No se trata de elegir entre “orgullo autista” o “tratamiento médico”.
Se trata de transformar el mundo para que quepan todas las formas de ser.
Algunas pistas:
a) Diseñar para todos, no adaptar para unos pocos
En lugar de darle un “horario visual” solo al niño con TEA, que toda el aula tenga un rincón de planificación visible para consultar la secuencia del día.
En lugar de que solo él use auriculares, que haya una caja de herramientas sensoriales (auriculares, cojines con texturas, juguetes silenciosos) disponible para cualquiera que lo necesite.
Así, nadie queda señalado como “el diferente”. Se normaliza la diversidad de necesidades.
b) De la competencia a la conversación
Los conflictos no se resuelven con imposiciones. Se resuelven hablando.
En una escuela inclusiva, los chicos mismos construyen acuerdos con la mediación de un docente: “Algunos necesitan silencio, otros piensan mejor en voz alta. ¿Cómo hacemos para que todos estemos bien?”
Eso es educación ciudadana en estado puro.
c) El diagnóstico como brújula, no como candado
El diagnóstico no debería ser una etiqueta que te acompaña toda la vida. Debería ser una herramienta provisoria que oriente los apoyos. Y debería ser revisable, porque los chicos crecen, cambian y se transforman.
d) Redes comunitarias, no familias solas
No puede ser que cada familia pelee sola por los derechos de su hijo. Necesitamos escuelas con equipos de apoyo suficientes, barrios con espacios de encuentro, y políticas públicas que garanticen el cuidado.
6. LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO: EL ORGULLO SOLIDARIO
Detrás del debate sobre el autismo hay una pregunta más profunda:
¿Qué clase de sociedad queremos construir?
¿Una donde la diferencia sea un privilegio que hay que ganar con un certificado?
¿O una donde la diversidad sea el punto de partida, y los apoyos sean universales?
La psicoanalista Silvia Tendlarz dice que el autismo es una “solución de compromiso” frente a la angustia. Quizás, entonces, la pregunta no sea “¿qué tiene este niño?”, sino “¿qué le está pasando a este mundo que no puede recibirlo?”
El orgullo autista no puede ser un orgullo solitario. Tiene que ser un orgullo solidario, que luche por una sociedad donde ninguna persona necesite una etiqueta para tener derechos.
Como decía una madre: “Mi hijo no tiene un trastorno. Vive en un mundo que no sabe escuchar su lenguaje.”
Entonces, la tarea no es cambiar a los chicos. Es cambiar el mundo para que quepan todas las formas de ser, de sentir y de habitar.
Y eso implica aceptar que habrá conflictos. Pero también que esos conflictos, bien tramitados, son la materia prima de una convivencia más justa.
PARA TERMINAR: UNA INVITACIÓN
La próxima vez que veas a un niño “raro”, a un adolescente que no mira a los ojos, a una persona que se tapa los oídos en el supermercado…
No preguntes: “¿Qué tiene?” Preguntate: “¿Qué necesita el mundo para recibirlo?”
Porque el autismo, como la vida, no se resuelve con etiquetas.
Se teje en el encuentro.
Este artículo no ofrece respuestas mágicas. Abre preguntas incómodas. Porque la inclusión verdadera no es un discurso: es una práctica que se construye día a día, con conflictos, con conversaciones y con el coraje de transformar lo que no funciona.

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