Escribe: Gabriela Dueñas – Dra. en Psicología, Lic. en Educación, Psicopedagoga. Premio Konex Psicología 2026.-
¿QUÉ ESTÁ PASANDO CON NUESTRAS INFANCIAS Y ADOLESCENCIAS?
En las últimas décadas, hemos asistido a un fenómeno inquietante: cada vez más niños y adolescentes son diagnosticados con trastornos como TDAH, TEA, ansiedad o trastornos de conducta. Al mismo tiempo, crece la cifra de jóvenes de sectores populares que terminan derivados al sistema penal o separados de sus familias bajo las llamadas “medidas de protección”. ¿Casualidad? No. Todo indica que estaríamos operando bajo un doble estándar: patologizamos y medicalizamos el malestar de unos, mientras criminalizamos el de otros.
Frente a esto, la pregunta que suele instalarse es “¿qué le pasa a este niño/a o joven?”. Desde aquí propongo que sea otra: “¿cómo funciona el sistema que decide qué es enfermedad y qué es peligro?” y, sobre todo, ¿qué dice de nosotros, como sociedad adulta, de nuestras prácticas de cuidado de nuestras infancias y adolescencias esta circunstancia?
LA DOBLE VÍA: DOS DESTINOS PARA UN MISMO MALESTAR
Un niño de clase media que no presta atención en clase o se muestra inquieto probablemente será derivado a un neurólogo, recibirá un diagnóstico de TDAH y accederá a un tratamiento. El mismo comportamiento en un niño de sectores populares, en cambio, suele leerse como un indicio de peligrosidad, activando dispositivos de control, derivaciones al sistema penal juvenil o incluso la separación de su familia.
La tendencia es clara: en el sistema educativo, las derivaciones desde escuelas públicas hacia instancias de control social recaen abrumadoramente sobre varones de sectores populares, mientras que en escuelas privadas la mayoría de esas derivaciones se canalizan hacia evaluaciones psicopedagógicas o neurológicas, sin intervención de otro tipo de dispositivos. Así, un niño con las mismas dificultades tiene muchas más probabilidades de ser judicializado y hasta separado de su familia si es pobre, que si pertenece a una clase media o alta. Mientras, éstos últimos -incluso cuando los indicadores de violencia o negligencia son similares- probablemente terminen siendo objeto de multiterapias cognitivo conductuales de reprogramación de sus conductas de hasta 15 sesiones semanales de psicopedagogía, fonoaudiología, terapia ocupacional y psicoterapia además de dispositivos de “inclusión escolar”. Con el Común Denominador en ambos circuitos, que el abordaje esta siempre focalizado en supuestas deficiencias individuales sin consideración alguna a sus singulares historias y condiciones de vida, crianza y escolarización.
No se trata de que los niños ricos nazcan con mayores probabilidades de portar deficiencias neurocognitivas innatas, mientras que los niños pobres sean “más peligrosos”. Se trata de que el dispositivo lee el mismo comportamiento como señal de disfunción biológica en un caso, y como peligro en otro, omitiendo en ambos referir a su contexto psico social.
¿QUÉ SON LAS “PRÁCTICAS DE FRONTERA”?
Frente a este escenario, quienes trabajamos en salud mental, educación y lo social no podemos limitarnos a denunciar o a aplicar mecánicamente protocolos que perpetúan esta lógica. Tampoco podemos aspirar a una “clínica pura”, fuera del poder. Pero sí podemos desarrollar lo que en mis últimos trabajos denomino “prácticas de frontera”.
Se trata de intervenciones profesionales que, desde el interior mismo del sistema -y sin ingenuidad-, exploran sus márgenes de maniobra para producir efectos menos normalizadores. Son prácticas que no niegan las categorías diagnósticas, pero las usan con provisionalidad, sabiendo que son constructos históricos, no verdades eternas. Son prácticas que no desconocen la necesidad de derivaciones, pero se preguntan permanentemente si están activando un tratamiento o un dispositivo de control.
Las prácticas de frontera no son heroicas ni transforman milagrosamente el sistema. Pero abren fisuras. Crean espacios donde otras subjetividades -menos dóciles, menos autorreguladas, menos normativas- pueden emerger. En un contexto de ajuste que vacía los espacios de trama social y desborda las guardias de salud mental, estos gestos son pequeños actos de resistencia. No solucionan la desigualdad estructural, pero impiden que lo que hacemos sea hecho sin reflexión.
¿CÓMO SON ESTAS PRÁCTICAS?
1. Desconfianza epistemológica frente a los diagnósticos. Usamos las categorías diagnósticas con provisionalidad, sabiendo que son constructos históricos y contingentes, no verdades eternas. No preguntamos “¿qué trastorno tiene?”, sino “¿qué le está pasando a este niño en su vida?”.
2. Atención a las condiciones materiales del sufrimiento. No reducimos el malestar a una falla interior. Preguntamos por la escuela, la familia, las pantallas, el barrio, la precariedad económica. El sufrimiento infantil no es nunca puramente individual.
3. Apuesta por la singularidad. Resistimos la homogeneización de los protocolos. Cada niño, cada familia, cada trayectoria es única. No hay recetas universales.
4. Dimensión ética. Asumimos la responsabilidad por los efectos de nuestra intervención sin refugiarnos en la neutralidad técnica. Sabemos que nuestros diagnósticos y derivaciones tienen consecuencias concretas en la vida de los niños y sus familias.
¿QUÉ PODEMOS HACER DESDE LA COTIDIANIDAD?
Para profesionales de la salud mental, la educación y lo social:
– Antes de diagnosticar, pregunten: ¿qué está pasando en la vida de este niño? ¿Qué condiciones materiales, familiares, escolares, barriales están produciendo este malestar?
– Cuando deriven, pregúntense: ¿estoy derivando a un tratamiento o a un dispositivo de control? ¿Qué trayectoria institucional estoy activando?
– Resistan la urgencia diagnóstica. Tómense el tiempo para conocer la historia singular detrás del síntoma.
– Articulen con otros actores: la escuela, el centro de salud, la organización barrial. El sufrimiento infantil no se resuelve sólo en un consultorio.
PARA FAMILIAS Y ADULTOS A CARGO:
– Cuando un profesional les diga que su hijo tiene un “trastorno”, pregúnten: ¿qué significa este diagnóstico? ¿Qué consecuencias tiene? ¿Hay otras formas de entender lo que le pasa a mi hijo?
– No acepten pasivamente la medicalización. La medicación puede ser útil, pero no es la única ni siempre la mejor respuesta. Pregunten por alternativas.
– Cuestionen las expectativas excesivas sobre el rendimiento escolar y la autorregulación emocional. Los niños no son pequeñas máquinas de productividad.
– Confíen en su conocimiento de sus hijos. Ustedes son quienes mejor conocen su historia, sus contextos y sus posibilidades.
LA PARADOJA DE LA RESISTENCIA
Quienes escribimos desde el campo psi lo hacemos desde el interior mismo del dispositivo que criticamos. Esta paradoja no invalida la crítica, pero nos obliga a una reflexividad permanente. No hay una posición pura, exterior al poder. Pero sí hay formas de habitar la contradicción como lugar de trabajo.
Las prácticas de frontera no son heroicas ni transforman milagrosamente el sistema. Pero abren “fisuras” en el interior del dispositivo. Crean espacios donde otras subjetividades -menos dóciles, menos autorreguladas, menos normativas- pueden emerger.
En un contexto de ajuste estatal que vacía los espacios de trama social y desborda las guardias de salud mental con crisis de angustia vinculadas a la inestabilidad económica, estas prácticas son “actos de resistencia”. No solucionan la desigualdad estructural, pero impiden que lo que hacemos sea hecho sin reflexión.
UNA INVITACIÓN
Este artículo no ofrece respuestas cerradas. Plantea preguntas:
– ¿Qué otras formas de acompañar el sufrimiento infantil serían posibles fuera de la lógica del diagnóstico y el tratamiento?
– ¿Cómo construir prácticas de cuidado que no estén estructuradas por la distinción entre niños que merecen ser tratados y niños que deben ser controlados?
– ¿Cómo sostener la escucha y el vínculo allí donde el Estado se retira?
La infancia no es un proyecto de normalización, un déficit por corregir o un riesgo por gestionar. Es un territorio de experiencia legítima que ninguna normalización debería clausurar.
Las prácticas de frontera que aquí propongo nos invitan a habitar esa tensión: a no “presuponer” desde afuera, a no conformarnos con gestos automatizados-protocoli, sino a asumir la contradicción como lugar de trabajo. A sostener la pregunta por los efectos de nuestra propia práctica, incluso cuando esa pregunta no ofrece respuestas tranquilizadoras.
Porque la crítica, como la clínica, no es un saber que clausura, sino una práctica que abre. No dice lo que hay que hacer, pero impide que lo que se hace sea hecho sin reflexión.
NOTAS:
1. El desarrollo de mayor profundidad del concepto de “prácticas de frontera” que propongo para nombrar aquellas intervenciones profesionales que, desde el interior del dispositivo de salud mental y educación, exploran sus márgenes de maniobra para producir efectos menos normalizadores se encuentras publicados por Homo Sapiens en “El malestar en la Cultura del Siglo XXI” (2026) y “Entre familias, pantallas y malestares” (2025) publicados por Homo Sapiens.
2. Este artículo es una versión adaptada del ensayo académico “Infancias y adolescencias saludables como dispositivo: gubernamentalidad, sufrimiento despolitizado y producción de subjetividades normativas” que fue escrito con el propósito de interpelar a profesionales y familias sobre sus prácticas cotidianas, ofreciendo herramientas para resistir los fenómenos de patologización, medicalización y criminalización del malestar infanto-juvenil, en el marco de un intercambio académico con la Universidad de Manizales, Medellín, Colombia.

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