ESCRIBE: Gabriela Dueñas Dra. en Psicología / Lic. en Educación / Psicopedagoga. Premio Konex Psicología 2026
¿Qué tienen en común un niño que ha sufrido abuso, una adolescente que no encaja en la escuela y un joven con una condición genética de origen orgánico? Para muchos especialistas en psicología y educación, la respuesta, en demasiados casos, es “nada”, excepto que todos han sido capturados bajo la misma sigla: TEA (Trastorno del Espectro Autista). Esta es una de las críticas más contundentes que se vienen planteando desde diversos campos de la salud mental y la pedagogía, a partir de un acontecimiento reciente que ha sacudido los cimientos de la psiquiatría infantil.
EL COLAPSO DEL “CAJÓN DE SASTRE”
En 2026, Uta Frith, la psicóloga británica que acuñó el concepto de “espectro autista” hace más de sesenta años, declaró públicamente que la categoría que ella misma ayudó a construir “ha ido demasiado lejos” y que había “colapsado”. Para quienes vienen advirtiendo sobre los riesgos de la medicalización de la infancia, esta confesión de la arquitecta conceptual del TEA no fue un hecho menor, sino la confirmación de una denuncia que se viene haciendo desde hace décadas: el diagnóstico se ha convertido en un verdadero “cajón de sastre”. En él se depositan, sin distinción, desde niños con necesidades de apoyo intensivo hasta jóvenes que, en realidad, están expresando malestares vinculados a su entorno, como la soledad frente a las pantallas, el duelo migratorio, la ausencia de figuras parentales o la presión de una escuela expulsiva. La pregunta que muchos se formulan es contundente: si el “espectro” ha perdido todo sentido clínico, ¿qué ocurre con los miles de niños, niñas y adolescentes que quedaron atrapados en esa red?

EL ESTIGMA COMO PROFECÍA AUTOCUMPLIDA
Para analizar el daño que produce la etiqueta diagnóstica, numerosos autores recurren a los clásicos estudios del sociólogo Erving Goffman sobre el estigma. Cuando la sociedad establece “expectativas normativas” y un niño no las cumple, se genera una marca que lo ubica en la categoría de los “diferentes”. En el ámbito educativo, esto se traduce en que al alumno que no responde al molde homogeneizante de la escuela se le endosa un diagnóstico del Manual DSM: TDA/H, DEA (dislexia), TGD o TEA. Estas siglas, lejos de ser descripciones neutrales, operan a menudo como una profecía autocumplida. El niño introyecta la idea de que hay algo fundamentalmente “mal” en él, un déficit que limita sus posibilidades de futuro. Maestros y padres, a menudo con la mejor intención, terminan bajando sus expectativas, construyendo un “techo” invisible que el niño difícilmente podrá traspasar. Lo que comienza como una descripción se convierte en un destino.
LA PREGUNTA QUE CAMBIA TODO: ¿QUÉ LE PASA?
Ante este panorama, muchos especialistas proponen un cambio de paradigma radical. Se sostiene que el sufrimiento psíquico y las dificultades en el aprendizaje no pueden ser descontextualizadas de las historias de vida, los vínculos tempranos y las condiciones socioambientales. Apoyándose en los principios de la neuroplasticidad, en los aportes de Vigotsky sobre el carácter social de las funciones psicológicas superiores y en la legislación vigente en salud mental, numerosos expertos insisten en que la subjetividad se construye en el vínculo con el “otro” significativo. No se nace con el carácter, la personalidad, la inteligencia o las conductas predeterminadas. Por eso, en lugar de preguntar “¿qué tiene este niño?”, los profesionales, docentes y familias deberían empezar a preguntar, de una vez por todas, “¿qué le pasa?” y “¿qué necesita?”.
LA DOBLE CARA DEL DIAGNÓSTICO
Sin embargo, los análisis más rigurosos reconocen que el diagnóstico tiene una doble faz que no se puede ignorar. Por un lado, opera como un estigma que limita; por otro, en un sistema que exige certificados para otorgar derechos, puede ser la única llave para acceder a apoyos educativos, cobertura médica o una pensión. Para muchas familias en situación de vulnerabilidad, ese papel no es solo un estigma, sino un recurso concreto en un mundo que no otorga derechos sin pruebas de “falta”. De igual modo, en los últimos años han cobrado fuerza movimientos de personas autistas que reivindican el diagnóstico no como una enfermedad, sino como una identidad y una bandera política.
LA SALIDA
Muchos especialistas coinciden en que la salida no pasa por abolir todo diagnóstico -posición ingenua que desconoce las urgencias materiales de muchas familias- ni por naturalizarlos como si fueran destinos biológicos inmutables. Pasa, en cambio, por transformar las condiciones sociales que hacen que una familia necesite un certificado para ser escuchada, y construir escuelas, consultorios y barrios donde quepan todas las formas de ser sin exigir a nadie que acredite su “déficit”. Esa es, para quienes vienen trabajando en este campo, la verdadera deuda pendiente con las infancias y adolescencias.

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