Lic. De Benedetti Camila
Este texto nace de una inquietud que se vuelve cada vez más insistente en el presente: ¿qué sucede cuando el sufrimiento de los jóvenes deja de encontrar palabras para nombrarse como angustia, soledad, desamparo o dificultad en los vínculos, y comienza a traducirse en términos de cuerpo, imagen, dinero, visibilidad y rendimiento?
En los últimos años comenzaron a circular una serie de palabras que hasta hace poco parecían restringidas a los márgenes de internet: incel, femcel, redpill, blackpill, Chad, Stacy, looksmaxxing, maxxing. En un primer acercamiento, estos términos podrían leerse como palabras extrañas, propias de foros cerrados, memes adolescentes o subculturas digitales sin demasiada importancia. Sin embargo, llama la atención la velocidad con la que estos lenguajes comenzaron a expandirse y a organizar modos de nombrar el rechazo, la vergüenza, la comparación, la frustración y la sensación de no valer.
No se trata solamente de nuevas palabras. Se trata de pequeños mapas de sentido que ordenan quién puede ser deseado, quién queda afuera, qué cuerpos importan, qué imágenes circulan, qué vidas parecen tener valor y cuáles quedan condenadas a la invisibilidad. En ese marco, la pregunta que guía estas reflexiones no apunta únicamente a definir qué significan estos términos, sino a comprender qué tipo de sensibilidad están produciendo. ¿Qué ocurre cuando una persona ya no se pregunta solamente qué le pasa, sino qué le falta para ser mirado, elegido, escuchado o reconocido? ¿Qué sucede cuando el malestar deja de leerse en relación con la historia, el vínculo, la familia, la escuela, la desigualdad o el contexto social, y comienza a vivirse como una falla individual que debe corregirse, optimizarse o volverse rentable?
El cuerpo ocupa hoy un lugar central en la gestión del malestar. Ya no es solo biología o identidad, sino una superficie donde se leen y evalúan el éxito, el deseo y la pertenencia. Sobre él recaen expectativas que van más allá de lo estético: clase, género, consumo, rendimiento y afectividad.
En la cultura digital, esta lógica se intensifica. Redes, memes y tutoriales no crean el malestar, pero sí lo traducen en una idea simple: hay algo que mejorar. La promesa es clara: optimizar el cuerpo y la imagen permitiría acceder al reconocimiento.
Sin embargo, esto también reduce el problema a lo individual y deja en segundo plano factores sociales como la soledad, la precariedad o la desigualdad. El malestar se vuelve una falla personal a corregir.
Por eso, antes de avanzar, conviene detenerse en el lenguaje que organiza estos discursos. Términos como incel, femcel, redpill o Chad no son solo jerga: funcionan como formas de explicar el deseo, la exclusión y quiénes parecen tener lugar y quiénes no.
DE LOS FOROS AL LENGUAJE DE ÉPOCA

Para comprender estos fenómenos es necesario reconstruir, aunque sea brevemente, su recorrido. Muchos de estos términos nacen en comunidades digitales específicas, especialmente en foros vinculados a la manósfera y a comunidades incel. Incel, abreviatura de “involuntary celibate” o célibe involuntario, aparece inicialmente para nombrar una experiencia de dificultad para establecer vínculos sexoafectivos. Sin embargo, con el tiempo, en ciertos espacios digitales comenzó a funcionar como una identidad, una jerga y una forma de explicar el mundo.
La manósfera puede entenderse como un ecosistema heterogéneo de foros, canales, cuentas y comunidades donde circulan discursos sobre masculinidad, sexo, mujeres, feminismo, poder, resentimiento y autosuperación masculina. No se trata de un bloque único ni todos sus espacios son iguales. Pero muchos comparten una operación común: ofrecen una explicación rápida y total del malestar. Aunque este universo está fuertemente marcado por experiencias y discursos masculinos, también existen espacios donde mujeres se identifican como femcel, es decir, desde una vivencia de exclusión sexoafectiva.
Si un joven se siente rechazado, invisible o no deseado, estos lenguajes pueden ofrecerle algo más que palabras. Le ofrecen un mapa. Una causa. Un enemigo. Una identidad. Una comunidad. Es justamente ahí donde radica parte de su eficacia: no solo nombran el sufrimiento, también lo ordenan.
En ese universo aparecen las metáforas de las píldoras. La redpill, tomada de Matrix, promete despertar de una ilusión y acceder a una supuesta verdad oculta sobre el deseo, los vínculos y el poder. La blackpill, en cambio, radicaliza esa revelación hacia un fatalismo más oscuro: ya no se trata de despertar para actuar, sino de asumir que no hay salida. El cuerpo, la apariencia, la genética, la altura, el peso, la clase social o el estatus económico aparecen como datos de una condena.
Por eso, la blackpill puede pensarse como una pequeña filosofía de la desesperanza. No es solo pesimismo. Es una forma de ordenar la realidad que transforma la angustia en destino. Donde podría abrirse una pregunta por el deseo, por la historia o por el vínculo, aparece una certeza brutal: algo en mí está fallado y no hay demasiado por hacer.
Pero estas palabras no quedaron encerradas en foros marginales. Con el tiempo comenzaron a circular en memes, videos, TikTok, YouTube, podcasts, cuentas de fitness, belleza, seducción, skincare y autoayuda. Lo que parecía un lenguaje de nicho se volvió parte de una gramática digital más amplia. Una gramática que no solo describe el malestar juvenil, sino que también lo vuelve compartible, reconocible y, muchas veces, más difícil de desarmar.
GLOSARIO MÍNIMO PARA LEER UNA ÉPOCA

Manósfera: Ecosistema digital donde circulan discursos sobre masculinidad, poder, sexo, mujeres, resentimiento y autosuperación masculina. Sirve para ubicar una parte del fenómeno, pero no lo agota.
Incel: Abreviatura de célibe involuntario. En muchos casos funciona como una identidad organizada alrededor del rechazo, la exclusión sexoafectiva y la sensación de no ser elegido.
Femcel: Mujeres que se identifican desde una experiencia de exclusión sexoafectiva o de no deseabilidad. Permite ampliar la mirada y no reducir todo el fenómeno a los varones, aunque las posiciones de género y sus efectos no sean equivalentes.
Chad: Figura del varón idealizado: atractivo, seguro, exitoso, deseado. Funciona como meme, ideal y parámetro. Frente a Chad, otros cuerpos aparecen como insuficientes.
Stacy: Figura de la mujer convencionalmente bella, deseada e inaccesible. En esta gramática, representa un ideal femenino que confirma la exclusión de quienes no logran ser elegidos.
Redpill: Metáfora del despertar. Promete revelar una verdad oculta sobre las relaciones, el deseo y el poder. Su eficacia no está solo en lo que dice, sino en la posición que ofrece: ya no soy alguien confundido, ahora soy alguien que entendió.
Blackpill: Versión fatalista de esa revelación. Ya no se trata de entender para actuar, sino de asumir que no hay salida. El cuerpo, la genética, la apariencia, la clase social o el estatus económico funcionarían como destino.
Looksmaxxing / maxxing: Conjunto de prácticas orientadas a maximizar la apariencia y el valor corporal: gimnasio, piel, pelo, mandíbula, musculatura, delgadez, cirugía, ropa, fotos, presencia digital. El cuerpo aparece como algo que debe ser trabajado de manera permanente.
Self digital: Forma editada, expuesta y evaluable del yo en redes. No es simplemente estar online, sino producir una versión de sí para ser mirada, comparada, deseada o descartada.
MEMES, COMUNICACIÓN Y PRODUCCIÓN DE SUBJETIVIDAD

Desde una mirada comunicacional, lo importante no es solamente definir estos términos, sino preguntarse qué hacen. ¿Cómo se conectan estos lenguajes entre sí para darle forma a una manera de ver el mundo? ¿De qué modo memes, tutoriales y rankings no solo circulan, sino que organizan lo que entendemos por deseo, valor y lugar en la realidad?
El meme de Chad es un buen ejemplo. Su imagen exagerada, mandíbula marcada, cuerpo musculoso, seguridad absoluta, funciona como caricatura, pero también como ideal. Puede circular con ironía, burla, admiración o resentimiento. Pero en todos los casos ordena visualmente el mundo: quién vale, quién no, quién merece ser deseado, quién queda afuera.
En este sentido, lo importante no es tanto el meme en sí, sino el tipo de lectura del mundo que estos lenguajes habilitan. Funcionan como marcos interpretativos que organizan la experiencia: permiten nombrar el malestar, ubicar causas y asignar responsabilidades. Así, una vivencia de rechazo o inseguridad deja de ser algo abierto a múltiples sentidos y pasa a leerse bajo una lógica más rígida, donde el valor personal, el deseo y los vínculos aparecen ordenados por jerarquías que parecen difíciles de modificar.
La comunicación digital, entonces, no es un simple canal por donde circulan estos discursos. Es parte constitutiva del fenómeno. Memes, reels, foros, filtros, comentarios y tutoriales participan en la producción de un yo que debe mostrarse, editarse y evaluarse de manera permanente. En este contexto, la identidad se juega cada vez más en la visibilidad: existir es, en gran medida, ser visto. El cuerpo se vuelve una superficie privilegiada de inscripción, aquello que se muestra, se mide, se corrige y se ofrece a la mirada del otro. No es solo un soporte biológico, sino un proyecto en constante construcción, atravesado por lógicas de exhibición, comparación y rendimiento que organizan tanto la percepción de uno mismo como el modo en que se busca ser percibido.
MAXXING: CUANDO EL CUERPO SE VUELVE TAREA

A partir de este recorrido, el maxxing puede comprenderse mejor. No como una moda rara de internet, sino como un síntoma cultural. Condensa una época en la que no alcanza con tener un cuerpo: hay que trabajarlo, corregirlo, optimizarlo, volverlo competitivo.
En ciertos espacios masculinos, esta lógica aparece asociada a la mandíbula, la altura, el pelo, la barba, la musculatura, la voz, el gimnasio, los suplementos, la cirugía o la presencia en aplicaciones de citas. En las adolescentes puede adquirir otras formas: delgadez extrema, conteo de calorías, skincare, maquillaje, pelo perfecto, filtros, rutinas de belleza, tutoriales infinitos o fantasías de glow up.
No se trata de decir que todas estas prácticas son iguales. La cultura de la delgadez no opera del mismo modo que la hipermusculación masculina. La experiencia de una joven que pesa cada alimento no es idéntica a la de un joven que mide su mandíbula frente al espejo. Sin embargo, ambas escenas pueden leerse dentro de una racionalidad común: la del sujeto deseable como proyecto obligatorio.
El cuerpo se vuelve inversión. Capital-cuerpo, capital-imagen, capital-erótico, capital-visibilidad. Cada rasgo puede ser leído como ventaja o desventaja. Cada foto puede optimizarse. Cada rutina promete una mejora. Cada imperfección se transforma en oportunidad de intervención. Lo que antes podía abrir una pregunta por el deseo, por el vínculo o por la historia singular, muchas veces se traduce ahora al idioma de la técnica: medir, corregir, controlar, mejorar.
En este punto, el maxxing se enlaza con una promesa más amplia de perfeccionamiento humano. La misma época que promete optimizar cerebros, emociones, rendimientos y capacidades, también promete optimizar la cara, la piel, el peso, el músculo y la presencia digital. También los filtros, las dietas, las apps, los gimnasios, los tutoriales, el skincare y la autoayuda participan de una misma sensibilidad: la vida como proyecto de mejora permanente.
Foucault permite pensar estas prácticas como tecnologías del yo: operaciones que los sujetos realizan sobre sí mismos para transformarse según ciertos ideales de verdad, felicidad, salud o rendimiento. Pero en el presente estas tecnologías ya no aparecen únicamente bajo la forma de la obediencia. Se presentan como libertad: elegí tu mejor versión, trabajá en vos, convertite en quien querés ser. El mandato no dice “obedecé”; dice “optimizate”.
No alcanza con transformarse: hay que mostrarlo. Tampoco alcanza con sufrir: ese sufrimiento se vuelve relato, imagen, rutina, progreso, antes y después. El yo se convierte en un proyecto público. El cuerpo, que antes era disciplinado desde afuera, ahora parece gestionarse desde adentro, aunque siempre bajo la mirada del otro. Y esa mirada no solo se soporta: también se reproduce. Así como uno se mide, se compara y se evalúa, hace lo mismo con los demás, replicando la lógica de optimización y déficit que organiza la propia experiencia. Como en una competencia silenciosa: quién come menos, quién resiste más, quién entrena más o quién se sacrifica más para cambiar su cuerpo.
EL ESPEJO DE LA PATOLOGIZACIÓN

Este punto resulta central para pensar la actualidad de nuestras infancias y adolescencias. Durante años, muchas instituciones leyeron el sufrimiento de niñas, niños y adolescentes como déficit individual: problema de conducta, falla atencional, desregulación emocional, trastorno, desajuste, desorden. En lugar de preguntarse por las condiciones de vida, la escuela, la familia, la desigualdad, la fragilización de los vínculos o la época, muchas veces se ubicó el problema en el sujeto.
Hoy, algo de esa operación parece retornar desde los propios jóvenes. Una época que enseñó a leer el malestar como falla produce sujetos que se miran a sí mismos como fallados. La diferencia es que ahora el diagnóstico no siempre viene de la institución médica o escolar. También puede venir del foro, del meme, del algoritmo, del tutorial o de la comparación permanente.
La patologización adulta encuentra así su espejo en una autopercepción juvenil organizada por el déficit. No se trata simplemente de que los jóvenes estén “más obsesionados con la imagen”, como suele decirse desde cierta mirada moralizante. Se trata de observar cómo una época entera les enseña a leer el cuerpo como problema, como deuda, como superficie de intervención obligatoria. Una pedagogía silenciosa parece repetirse en distintos registros: si algo no funciona, corregite.
Pero despatologizar no significa negar el sufrimiento. Los trastornos alimentarios, la vigorexia, las autolesiones, la angustia, la depresión o la ideación suicida requieren escucha, cuidado e intervención. El problema aparece cuando toda respuesta se reduce al diagnóstico individual y se pierde de vista la trama social, familiar, económica, tecnológica y subjetiva en la que ese padecimiento se inscribe.
En este sentido, Amador Fernández-Savater aporta una clave decisiva: el malestar no debería ser curado a toda prisa, como si fuera apenas un ruido que interrumpe la normalidad. El malestar habla. Y cuando habla en el cuerpo de los jóvenes, en el deseo de desaparecer, adelgazar, crecer, corregirse, hacerse deseables o dejar de sentirse descartables, tal vez no esté diciendo solo algo de ellos. Tal vez esté diciendo algo de nosotros, de nuestras instituciones y de una sociedad que fragiliza los vínculos, pero luego ofrece diagnósticos, rutinas y consumos para soportar esa fragilidad.
LEER LAS SEÑALES ANTES DE CORREGIR LOS CUERPOS
Quizás el desafío no sea solamente advertir sobre los riesgos de estas prácticas, sino preguntarnos qué tipo de época hace que tantos jóvenes encuentren en el cuerpo el lugar privilegiado para tramitar lo que no logra ser, dicho de otro modo.
La delgadez extrema, la vigorexia, el maxxing, el conteo de calorías, los tutoriales infinitos de belleza o la fantasía de ascender en una jerarquía corporal no pueden leerse únicamente como patologías individuales ni como consumos superficiales. Son también formas en que una época habla a través de sus cuerpos.
El problema no es que los jóvenes estén demasiado pendientes de su imagen. El problema es que el mundo adulto, el mercado, las instituciones y las plataformas parecen haberles enseñado que el cuerpo es el último lugar donde todavía se puede intervenir algo. Si no se puede transformar el mundo, se transforma la cara. Si no se puede modificar la precariedad del lazo, se modifica la piel. Si no se puede interrogar el deseo, se mide la mandíbula.
Despatologizar, entonces, no es negar el sufrimiento. Es no dejarlo solo. Es no reducirlo a trastorno, déficit o falla biológica. Es volver a abrir la pregunta por el vínculo, por el deseo, por la historia, por el mercado, por la familia, por la escuela, por las redes, por los algoritmos y por las formas actuales de vivir juntos. Porque cuando el cuerpo se vuelve la única tarea, algo del lazo con los otros empieza a desdibujarse.

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