UNA MIRADA DESDE EL PSICOANÁLISIS, LA SALUD MENTAL COMUNITARIA Y LA PERSPECTIVA DE DERECHOS EN TIEMPOS DE CRUELDAD SOCIAL.
Por Gabriela Dueñas/ Dra. en Psicología/Lic. en Educación/ Psicopedagoga.
INTRODUCCIÓN
El preocupante incremento de suicidios en adolescentes y jóvenes en Argentina no puede ser comprendido desde explicaciones lineales o reduccionistas. No se trata de “trastornos” individuales ni de meros “actings” descontextualizados. Este ensayo propone abordar el fenómeno desde la privilegiada perspectiva que ofrece el pensamiento complejo (Morín), articulando aportes del psicoanálisis contextualizado, las teorías socioculturales, los estudios críticos contemporáneos, y el enfoque de derechos y salud mental comunitaria. Todo ello, en el marco de una situación mundial y argentina signada por el ajuste, la exclusión, la incertidumbre y una crueldad social crecientemente deshumanizante.
1. LA COMPLEJIDAD DEL SUFRIMIENTO: MÁS ALLÁ DE LA ANTINOMIA INDIVIDUO-SOCIEDAD
Morín (2009) nos advierte que el pensamiento simplificador mutila la realidad. El suicidio adolescente no puede reducirse a una “enfermedad mental” ni a una simple “respuesta a factores externos”. Se trata de un fenómeno multidimensional en el que interactúan dialécticamente diversas variables y entre las que nos interesa explorar, de manera particular, aquellas dimensiones que tienen que ver con ciertas condiciones de existencia que obstaculizan, especialmente en los jóvenes, la posibilidad de proyectarse a futuro encontrándole sentido a la vida
Desde el psicoanálisis, Freud nos legó el concepto de “pulsión de muerte” (Thanatos), esa tendencia inherente a lo psíquico que opera más allá del principio de placer. Pero la pulsión no actúa en el vacío: su destino depende crucialmente de los vínculos tempranos, de la calidad del sostén (Winnicott) y de la inscripción en un orden simbólico que otorgue sentido a la existencia. Cuando el ambiente facilitador falla de manera sostenida, cuando el adulto no cumple su función de espejo (Lacan) ni de introducción a la cultura, el sufrimiento puede volverse inhabitable.
Vygotsky, por su parte, nos recuerda que los procesos psicológicos superiores (incluida la capacidad de regular las emociones, proyectar futuro y construir sentido) se originan en la interacción social. La conciencia es, ante todo, conciencia compartida. Si el tejido social se desgarra, si los “otros significativos” desaparecen o devienen indiferentes, la posibilidad del joven de construir una narrativa de sí valiosa se ve profundamente comprometida.
2. EL MALESTAR EPOCAL: BYUNG-CHUL HAN Y LA SOCIEDAD DEL RENDIMIENTO
El filósofo coreano Byung-Chul Han (2012) ha descrito certeramente la transición de una sociedad disciplinaria (Foucault) a una “sociedad del rendimiento”. Ya no operan principalmente mandatos externos prohibitivos, sino una lógica neoliberal de “autoexplotación”: “Sé libre”, “Sé exitoso”, “Construye tu marca personal”. El joven no es tanto un “sujeto dócil” sino un “emprendedor de sí mismo” que internaliza la exigencia de producir, consumir y mostrarse feliz permanentemente.
Esta positividad tóxica genera paradojas crueles:
– El fracaso se vuelve una falta personal absoluta. Si no logro, es porque no me esforcé lo suficiente. La pregunta por las condiciones estructurales desaparece.
– La hiperconectividad no produce comunidad, sino aislamiento. Las redes sociales ofrecen vitrinas de vidas perfectas que profundizan la sensación de insuficiencia.
– La fatiga y el vacío reemplazan al conflicto. El aburrimiento profundo, la falta de proyectos colectivos y la erosión de los grandes relatos dejan a los jóvenes sin coordenadas simbólicas.
En Argentina, esta lógica global se agrava con un contexto de “ajuste estructural” que recorta precisamente aquello que podría sostener: sistemas de salud mental, educación pública, espacios comunitarios, programas de empleo juvenil. La incertidumbre no es solo existencial, sino también material: no hay trabajo, no hay futuro, no hay lugar.
3. CRUELDAD DESHUMANIZANTE Y EXCLUSIÓN COMO VIOLENCIA ESTRUCTURAL
La noción de crueldad no es metafórica. Vivimos en un clima socio cultural de crueldad sistémica donde ciertas vidas valen menos. En Argentina, los jóvenes de sectores populares, los de barrios vulnerables, los atravesados por estigmas de género o raciales, son sistemáticamente expuestos a la muerte simbólica y material.
La “exclusión” no es un mero “no estar incluido”. Es violencia activa que produce subjetividades descartables. Cuando el Estado se retira, cuando la escuela ya no puede ser ese espacio de contención y posibilidad (Dueñas, 2012), cuando la familia está desbordada por la precarización, ¿dónde puede anclarse un adolescente para sostener su deseo de vivir?
LA ORFANDAD SIMBÓLICA EN TIEMPOS DE DESORIENTACIÓN
Cuando Winnicott desarrolló el concepto de “ambiente facilitador”, pensaba en un adulto capaz de sostener física y emocionalmente al bebé, pero también de “introducirlo gradualmente en el mundo”. Ese adulto no solo protege: “baliza”. Señala qué es peligroso y qué es seguro, qué está permitido y qué no, hacia dónde se puede ir y cuándo es mejor esperar. La función del adulto es, en este sentido, topológica: dibuja los contornos del territorio habitable.
¿Qué ocurre cuando esa función se desdibuja o directamente desaparece? El adolescente de hoy crece rodeado de adultos desorientados tanto como él. Adultos que también han sido golpeados por la precarización laboral, por la erosión de sus propios proyectos, por la soledad y la incertidumbre. Adultos que no pueden ofrecer un balizaje porque ellos mismos han perdido el mapa.
La consecuencia más grave es la “experiencia de desamparo” que excede largamente la dependencia infantil. El adolescente, que por definición se encuentra en un momento de “transición crítica” entre la niñez y la adultez, necesita figuras que encarnen la posibilidad de un futuro. No necesita adultos perfectos, sino adultos que sostengan una apuesta: “Vas a poder”, “Hay un lugar para vos”, “Este camino difícil tiene sentido”. Cuando esos mensajes faltan, cuando el adulto está ausente, deprimido, consumido por la supervivencia o simplemente “indiferente”, el joven queda expuesto a una pregunta insoportable: ¿para qué seguir?
EL VACÍO DEL “ENTRE”: NI NIÑOS NI ADULTOS
El psicoanálisis nos ayuda a comprender que la constitución subjetiva requiere de un “Otro” que encarne la ley, el deseo y el límite. Ese Otro no es una persona concreta, sino una “función simbólica” que puede ser ejercida por padres, docentes, referentes comunitarios, pero también por instituciones y discursos sociales que transmiten un “legado”.
Hoy, ese Otro está en crisis. Los adultos que deberían decir “esto no se hace” o “por acá se va” son percibidos por los jóvenes como hipócritas o inconsistentes. Porque el mundo que esos adultos prometieron (trabajo estable, vivienda, futuro) ya no existe. Y cuando un adulto promete algo que no puede cumplir, no solo miente, sino que destruye la confianza en la palabra misma.
Vygotsky, por su parte, nos enseñó que el aprendizaje y el desarrollo ocurren en la “Zona de Desarrollo Próximo”: aquel espacio donde el joven puede hacer algo con ayuda de un otro más experto, que aún no puede hacer solo. Pero esa zona requiere un “andamiaje”. Sin un adulto que ofrezca ese andamiaje, el joven no accede a nuevas capacidades. Se queda atrapado en una zona de “imposibilidad”: no puede, y nadie le enseña a poder.
El resultado es un adolescente que se siente “eternamente inepto”, “en falta”, pero sin un camino claro para salir de esa posición. La angustia, entonces, no es solo por lo que viene, sino por la “certeza de que no hay nadie al volante”.
LA CRISIS DE LOS REFERENTES POLÍTICOS: EGOS SIN PROYECTO
A nivel comunitario y social, esta falta de balizaje se multiplica exponencialmente. Los adolescentes no solo necesitan adultos en su vida cotidiana: necesitan referentes colectivos que encarnen la posibilidad de un nosotros con futuro.
Hoy, la escena política argentina y mundial ofrece un espectáculo desolador: dirigentes atrapados en lógicas de “egos inflados”, en peleas estériles por el poder, en la búsqueda de rédito personal o sectorial antes que en la construcción de bien común. El espectáculo de la política se ha vuelto “infantilizado”: insultos, descalificaciones, verdades a medias, promesas incumplibles. Para un adolescente que busca seriedad, compromiso, claridad y coherencia, ese show es profundamente repulsivo.
Pero más grave aún: la ausencia de referentes políticos con capacidad de proponer salidas colectivas produce un efecto de desierto simbólico. No hay relato movilizador, no hay proyecto nacional o comunitario que convoque a construir. La política se reduce a administración de la crisis, no a creación de horizontes.
Han (2012) describe cómo el neoliberalismo ha reemplazado la “acción colectiva” por la “autor responsabilización individual”. El mensaje es: “Sálvese quien pueda”. Pero un adolescente que recién comienza a caminar en el mundo no puede “salvarse solo”. Necesita una red, una comunidad, un proyecto compartido. Cuando eso falta, el vacío existencial se vuelve inhabitable.
CRUELDAD Y DESAMPARO INSTITUCIONAL
En los últimos tiempos se ha venido trabajando el concepto de “crueldad” como un modo de ejercer poder que no solo destruye el cuerpo, sino que “aniquila la capacidad de narrar la propia experiencia”. ¿No es eso lo que ocurre cuando un adolescente no encuentra ninguna institución que lo reciba? La escuela, que históricamente fue un lugar de balizaje, hoy está desbordada, desfinanciada, desprestigiada. El sistema de salud mental es un laberinto de derivaciones sin llegada. Los clubes y centros comunitarios sobreviven con recursos mínimos y voluntarios agotados.
El joven que intenta pedir ayuda y se topa con puertas cerradas, con listas de espera de meses, con profesionales que lo atienden 15 minutos y le recetan un psicofármaco, aprende una lección terrible: “nadie tiene tiempo para mí”, “nadie puede realmente escucharme”, “mi sufrimiento no importa”. Esa experiencia de “indiferencia institucional” es una forma de violencia lenta, silenciosa y profundamente desubjetivante.
Al respecto, el enfoque de salud mental comunitaria, en la misma línea a la que nos convoca la Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657, que el actual gobierno anarco neo liberal pretende modificar, nos obliga a pensar que la salud no es solo ausencia de enfermedad, sino producción de lazos, de participación, de potencia colectiva, en franca oposición con el modelo de salud que, como el actualmente hegemónico, sigue siendo mayoritariamente asilarista, farmacológico y centrado en el diagnóstico individual es radicalmente insuficiente frente a un problema de esta magnitud.
LA NECESIDAD DE ADULTOS “SUFICIENTEMENTE SALUDABLES” EN EL ESPACIO PÚBLICO
Winnicott nos dejó el concepto de “madre suficientemente buena”: aquella que no es perfecta, pero que acierta lo suficiente como para que el bebé pueda tolerar el fracaso y construir un sí mismo robusto. En esa misma línea, y en articulación con los aportes de la Salud Mental Comunitaria, resulta válido pensar también que hoy necesitamos, más que nunca, se están necesitando “políticos suficientemente buenos”, “docentes suficientemente buenos”, “referentes comunitarios suficientemente buenos”.
No se trata de héroes ni de salvadores. Se trata de adultos que puedan:
– Sostener la incertidumbre sin negarla. Decir “no sé cómo vamos a salir de esta, pero estamos juntos”.
– Admitir sus propios límites sin hundirse. Mostrar que se puede estar mal y seguir apostando.
– Priorizar el bien común por sobre el interés personal. Renunciar a la gratificación narcisista inmediata por un proyecto colectivo de mediano o largo plazo.
– Balizar sin autoritarismo. Señalar caminos, advertir peligros, ofrecer herramientas, pero sin pretender decidir por el otro.
Cuando estos adultos existen, aunque sea en pequeña escala, la subjetividad adolescente encuentra “anclajes”. Un profe que pregunta genuinamente cómo estás, un entrenador que no solo quiere ganar partidos, un referente barrial que organiza una huerta comunitaria, un político que baja el tono de la confrontación y propone acuerdos básicos. Esos gestos, aparentemente menores, son “actos de sostenimiento” que pueden prevenir una caída.
EL SUICIDIO COMO GRITO EN EL DESIERTO
Desde esta perspectiva, el suicidio adolescente no es solo un acto desesperado individual. Es, también, un testimonio de una falla colectiva. Cada joven que se quita la vida está diciendo, con el acto más extremo: “no hay nadie”, “no hay lugar”, “el futuro es imposible”. No es un juicio racional, desde luego. Pero es un síntoma brutal de una sociedad que ha dejado de cumplir su función más elemental: la de garantizar que cada nueva generación encuentre un mundo habitable, vivible.
Frente a esto, la respuesta no puede ser más crueldad encubierta de “políticas de salud mental” que reducen todo a diagnóstico y medicación. La respuesta es “política” en el sentido más noble: reconstruir el tejido de adultos balizadores, recuperar la confianza en que un nosotros es posible, crear espacios donde el deseo de vivir pueda ser compartido y sostenido.
Como escribió Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. En la prevención del suicidio adolescente, esa es la apuesta: “adultos suficientemente buenos”, uno a uno, reconstruyendo desde el vínculo aquello que el sistema se empeña en destruir.
4. PERSPECTIVA DE DERECHOS: DEL “JOVEN PROBLEMA” AL “JOVEN SUJETO DE DERECHO”
La Convención de los Derechos del Niño y las leyes argentinas (26.061, 26.657) establecen que niños, niñas y adolescentes son “sujetos de derecho”, no objetos de tutela. Esto implica:
– Derecho a ser escuchados.
– Derecho a participar en las decisiones que les afectan.
– Derecho a recibir atención integral en salud mental en dispositivos comunitarios, no solo en consultorios privados o guardias psiquiátricas.
Sin embargo, la distancia entre la ley y la práctica es abismal. El incremento de suicidios es también un indicador de la violación sistemática de estos derechos. Cuando un joven se quita la vida, no solo falla un individuo: falla una comunidad, falla un Estado que no pudo garantizar condiciones de existencia digna.
5. ¿QUÉ HACER? ALGUNAS COORDENADAS PARA LA ESPERANZA
A pesar de este panorama sombrío, el paradigma de la complejidad nos impide caer en un determinismo pesimista. Hay líneas de acción posibles:
1. Fortalecer los lazos comunitarios. Dispositivos de pares, centros de salud mental comunitarios, espacios de arte y deporte donde el joven pueda ser reconocido más allá de su rendimiento.
2. Formar a docentes y referentes en detección de sufrimiento y en escucha activa, pero también en el cuidado de su propia salud mental.
3. Desmedicalizar el sufrimiento. No todo malestar es un trastorno. Preguntar “¿qué te pasa?” en lugar de “¿qué tenés?”. Evitar como primera respuesta la farmacológica.
4. Reconstruir narrativas colectivas. El arte, el cine, la literatura, la militancia social ofrecen materias simbólicas para tramitar el horror y proyectar futuro.
5. Exigir políticas públicas integrales. Que no se recorten los presupuestos de salud mental, educación y desarrollo social. Que la escucha esté disponible y sea sostenida en el tiempo.
CONCLUSIÓN
El suicidio adolescente en Argentina no es un destino, sino un síntoma social. Un síntoma de una época que ha roto muchos de los hilos que sostienen la vida: la esperanza, el sentido de pertenencia, la posibilidad de un porvenir digno. Desde el paradigma de la complejidad, no buscamos causas únicas sino comprender la trama de factores que confluyen en un sufrimiento insoportable.
El psicoanálisis nos enseña que el vínculo con un otro deseante puede salvar una vida. Vygotsky nos recuerda que aprendemos a ser humanos entre humanos. Han nos advierte sobre los efectos mortíferos de la positividad sin límites. La perspectiva de derechos nos exige actuar. Y la salud mental comunitaria nos muestra un camino posible: el de construir, desde lo local y lo colectivo, redes que realmente sostengan.
Frente a la crueldad deshumanizante, la apuesta es por una política de la ternura y del lazo. Porque, como decía Winnicott, el gesto más revolucionario sigue siendo el de un adulto que puede estar presente, que puede aguantar la angustia sin huir, y que con su sola presencia le devuelva al joven la certeza de que “vale la pena seguir estando”.
BIBLIOGRAFÍA
– Dueñas, G. (2025). El malestar epocal y su impacto en las infancias y adolescencias. Revista El Hormiguero.
– Dueñas, G. (2025) “Entre familias, pantallas y malestares. TEA, TDA/H, dislexias, inclusiones y violencias en la escuela” Ed Homo Sapiens
– Han, B. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
– Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657. Argentina
– Morín, E. (2009). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa.
– Winnicott, D. (2009). El hogar, nuestro punto de partida. Paidós.

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