Milei se va, pero nos deja una lengua enferma, una lengua que aprendió a llamar “gasto” a la vida común, “déficit” al derecho y “libertad” a la indiferencia.
Milei se va, pero nos deja la sospecha instalada entre los pobres, entre los trabajadores, entre los que deberían reconocerse en la misma miseria social y fueron empujados a disputarse migajas como si cada derecho ajeno fuera una afrenta personal.
Se va, pero nos deja pibes celebrando la humillación de los más indefensos, trabajadores festejando el ajuste sobre otros trabajadores, gente común aplaudiendo la destrucción de lo común con la felicidad oscura de quien cree vengarse de alguien y solo lo hace de sí mismo.
Milei se va, pero nos deja una sociedad a la que lograron arrancarle la vergüenza ante la ignorancia y la brutalidad.

Y esa es la herida mayor: no la que puede corregirse con una partida presupuestaria, con un decreto, una paritaria o una oficina reabierta. La herida mayor es haber convertido la degradación del otro en una pequeña fiesta privada de la propia impotencia.
Milei se va, pero nos deja ese país. Un país donde la palabra comunidad fue empujada al rincón de las cosas prohibidas. Un país donde la motosierra cortó también lazos, memorias, cuidados, pudores, formas elementales de reconocimiento.

Milei se va. También se van los ministros, los voceros, los desreguladores del desprecio, los técnicos de la devastación, los cortesanos de sonrisa limpia y conciencia vacía.
Se van. Algunos se van presos. Pero aunque se vayan, aunque huyan hacia sus usinas de absolución, sus fundaciones, sus guaridas de privilegio y sus relatos de heroísmo fiscal, el daño va a quedarse un tiempo más.
Va a quedarse en la mirada conformista, en la burla ante el sufrimiento. En la costumbre de sospechar del que pide ayuda. En la docilidad con que una parte del país fue convencida de que el despojo de los otros iba a serle redituable.
Milei se va, pero nos deja la tarea más difícil: volver a hacer sensible una sociedad. Volver a enseñar que nadie conquista justicia odiando mejor.
Volver a decir que el otro no es un gasto, no es una amenaza, no es una carga impositiva. El otro es el lugar donde todavía puede empezar un país.
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Leonardo Colella
(investigador de CONICET)

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